Esto que os voy a transcribir, mas que historias son recuerdos de infancia, que creo como máximo haber tenido a partir de los cinco o seis años.
Lo primera reflexión que me viene, cuando pienso en esa época, es que el campesino estaba en bastante armonía con la naturaleza y que respetaba sus ciclos.
Me gustaban todas las estaciones, así que iré por partes.
El final del otoño y el invierno para mí era muy interesante. Me acuerdo de nuestra salita, nuestra cocina con la cuadra al lado que nos daba calor además del fogón y la famosa calefacción romana (o sea la gloria).
El ruido de las luchas entre ratas y gatos, (llegamos a tener cuatro gatos), mas nuestro perro Leal.
Recuerdo la sesión de asar piñas y el trabajo que costaba después sacar los piñones, pero qué contentos estabamos aunque oliésemos a cenizas, recuerdo a mi padre contando historias y a mi madre cantándonos, (por cierto que cantaba como los ángeles).
También recuerdo la vendimia, todo el campo animado por la gente que trabajaba en ella, el olor a uva, los lagares repletos del fruto, el mosto, la fermentación, recuerdo la ceremonia repetida me imagino desde tiempos inmemoriales de la preparación de las cubas, el asado de las patatas en las bodegas, las reuniones de los mayores y el reparto del vino en los famosos pellejos (que por cierto, no me acuerdo que capacidad tenían).
Navidad me trae recuerdos inolvidables. Aparte del pesebre en la iglesia y el día de los Reyes Magos, me quedaron marcadas las reuniones en las noches de esas fiestas alrededor de una mesa llena de turrón, amarguillos y mazapanes y algún que otro regalo, pero además los bailes que nos dábamos y los cantes de mi madre.
LA MATANZA: Para mi era de los mejores momentos de mi infancia, aparte el momento del linchamiento del cerdo; en esos instantes, me acuerdo que me subía al sobrado (granero), me tapaba los oídos para oir lo mas mínimo sus aullidos.
Luego venia el momento de la limpieza del cerdo en la hoguera y justamente en ese momento era cuando nos repetían la historia mil veces contada de que una vez en casa de alguien, un cerdo salió pitando...de la hoguera..
Luego venia el reparto del calducho y la morcilla, que era el momento que esperábamos, para conseguir una propina, y luego los juegos y pasarlo bien con los primos y primas.
De los abuelos, me acuerdo, pero la verdad que aparte del abuelo que era muy pegajoso a veces, no me acuerdo mucho de que nos hayan dado muestra de mucha atención, quizás era que a la época no se llevaba eso de mostrar el cariño o que las circunstancias de la vida en que se desarrolló nuestra infancia habían enfriado ciertas relaciones,
(los tíos saben por donde voy).
Lo único que recuerdo que mis padres siempre nos inculcaron el respeto a los mayores y a pesar de los pesares mi madre le quería un montón, de hecho siempre me dijo que hasta poco antes de casarse los abuelos la querían con locura.
PRIMAVERA: Era la estación que mas me atraía, los campos estaban preciosos, se llenaban con los cantos de los pájaros y era la época en que los animales estaban mas activos, yo aprovechaba esa época para espiar donde hacían los nidos ciertas aves, para luego en verano ,desafiando el peligro, trepar por las paredes a la búsqueda de esa nueva vida (pero en raras veces me acuerdo de que haya matado un solo pájaro).
Me acuerdo el mes de las flores en la escuela, el saludo fascista de todas las mañanas al maestro, y los reglazos en los dedos entumecidos o los camuesos, curruelos, o sea golpes en la cabeza con el nudillo de los dedos, cuando no era con el anillo.
VERANO: Tres o cuatro de la mañana, mi padre...Marcelo..ooo..,Ildeeee....hasta que se levantaban para ir al campo, luego yo montaba en el carro, nos arropábamos y mi padre hacia marchar despacio a la yunta para que pudiésemos aprovechar de un poco más de sueño...
Cuantas veces mi padre, seguramente se medio durmió, y como los animales tenían en memoria varios itinerarios, pues aparecíamos donde menos lo esperábamos, y nosotros contentísimos, pues sabíamos que eso quería decir más dormir acunados por el traqueteo del carro.
Yo como mas pequeño, beneficiaba de un tiempo suplementario, y de hecho no creo que resultase muy rentable en el trabajo, pero eso si, nunca perdimos un solo día de escuela.
La hora de la siesta era la delicia para mi, pues yo me escapaba, para desesperación de mi madre, a los pinares en busca de esos tan preciados nidos (halcones sobre todo),
a esas horas en que el calor del sol estaba en su apogeo, aunque me acuerdo de no haber tenido nunca problemas a causa de eso.
Jose Luis de la Torre.
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